LA PARABOLA DEL ARGENTINO MEDIO – CARAS Y CARETAS – 2005

Como el mito del eterno retorno, la ciclotimia argen­tina oscila entre el entusiasmo y la resignación apática. Mientras, las pasiones se reparten entre los éxitos de Ginóbili en la NBA, el fútbol y la protesta social.

Por 9 de Julio vienen los micros que llevan a la hinchada de Platense al partido contra Chacarita, partido que define quién se queda en la Primera B Nacional. Por las puertas y ventanas aparecen los cuerpos descubiertos agitando camisetas, exhortando a la comitiva de coches que acompaña y a quienes pasan a su lado, incluso a los indiferentes que, como yo, no reconocen de inicio las banderas. Custodiados por la policía de la Provincia avanzan entusiastas, desmelenados; la escena es onírica y al mismo tiempo habitual, ¡tan argentina!. Al grito de “Dale Campeón, dale campeón” alientan a un equipo que está intentando no ganar un campeonato sino, simplemente, evitar caer al descenso, reducirse a la Primera C.

Dos cuadras más adelante pasamos ante un grupo de gente que espera contingentes para reunirse con vistas a participar de otro acontecimiento. Se trata de piqueteros y miembros de movimientos populares que se preparan  -después me entero- para asistir a la manifestación en contra de Bush y de sus intenciones de emplear los atentados en Londres para recrudecer su dominio mundial. Silenciosos, con sus niños en brazos o cochecitos, sentados en los bordes de las veredas o en los canteros de las avenidas, enrollados aún algunos carteles, se los ve dispuestos a la espera para participar de un acto de otro orden. El taxista asegura: “Estos no son del fútbol, esto es política”, y no necesita apelar a su experiencia en la calle para garantizar que la afirmación es correcta.

¿De dónde proviene el entusiasmo de unos y la resignada apatía de los otros? El entusiasmo es esa cualidad de investir lo común con atributos extraordinarios. Lo extraordinario, en realidad, no consiste en algo existente en sí mismo, sino en aquello que rompe cierta monotonía establecida, cierta pregnancia de los acontecimientos.  El entusiasmo deviene de la expectativa que la acción depara, a quien la realiza,  de ser protagonista, de que su realización represente algo para alguien, tenga efectos, dé garantías de resolución de una tensión inmediata a la cual la mente debe dar curso. Así como en tiempos históricos las acciones políticas y de riesgo cumplen la función de llenar el corazón de la gente porque les garantizan que sus sacrificios y esperanzas tendrán un lugar futuro, ante la apatía que prevalece, el logro deportivo, el triunfo del equipo, el salvarse del descenso, son actos heroicos hoy para millones de argentinos que sienten que han perdido todo protagonismo, que se sienten más identificados con Manu Ginóbili en la NBC que por nuestros representantes en los organismos internacionales, cuyas opiniones no nos interesan y cuyas acciones desconocemos, porque en última instancia sabemos que su voz no tiene concierto ni audiencia que pueda escucharla en el actual juego mundial de fuerzas.

La política ha dejado de entusiasmarnos. Ya ni los embates agresivos de los políticos nos sorprenden, nos arrojan al apoyo o al denuesto: cuando Cavallo y su Señora Esposa se presentan como candidatos no se nos mueve un pelo, cuando Moria dice que apoyará a Menem porque su gobierno tuvo cosas valiosas no baja su audiencia ni nos horrorizamos, sólo sentimos cierto pudor de que alguien, del exterior, se dé cuenta de lo que está diciendo, al modo de esa gente que ha perdido el auto-respeto y sólo teme ser vista por los vecinos. Cuando se enfrentan dos facciones del justicialismo en una contienda en la cual se despliegan rencillas y acusaciones y que se basa, en última instancia, en la mayor o menor inmoralidad de la lista de los postulantes -ni siquiera en su moralidad, sino en el nivel de inmoralidad medible en sangre-, y ya ni siquiera discutimos con quienes transitan nuestros espacios las razones para inclinarse por una u otra elección…

Como esos matrimonios aburridos que se sientan a la mesa de los restaurantes sin hablarse, sin mirarse, compartiendo sólo la sonrisa o el diálogo con el mozo que anima un poquito el encuentro, sostenidos en su rutina porque no quieren romper las reglas que le tomó tanto tiempo construir, asistimos a las elecciones. Ya no creemos que el almuerzo sea maravilloso, veinte años de Democracia sólo nos libraron del horror -que ya es en gran medida ganancia- pero nos desgastaron el entusiasmo. Sin embargo, no estamos dispuestos al divorcio, porque seguimos esperando que algo ocurra, la chispa que anime nuestras vidas cotidianas y encontremos algo que nos permita sentir que una vez más volvamos a transitar el país como los micros de Platense: dispuestos si no al triunfo al menos a evitar el descenso, a alentar a alguien en quien creer, a sentir el protagonismos del que nos sentimos expulsados, más allá de derrotas parciales  siempre dispuestos a volver a apasionarnos para poder estar vivos.

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