EL SEXO ES CULTURA – CARAS Y CARETAS – 2005

La educación sexual no es sólo un debate que está sucediendo a nivel legislativo. Es un derecho que niños y adolescentes deben poder ejercer para ubicarse frente a la realidad que los rodea.

 

En el trayecto que va de su casa a mi consultorio Pedro, de ocho años,  ha visto un cartel publicitario de una mujer mostrando ropa interior con las piernas y el espíritu abierto a quien reciba su mensaje. Dos cuadras más adelante, un hombre semidesnudo es abrazado por una joven que lo envuelve, con mirada desafiante, ubicando sus pies, de  mano precisa, sobre los genitales que se marcan en relieve bajo el calzoncillo que los cubre. Mientras el vehículo en el cual lo traen avanza por la ciudad, el poster de un grupo médico propone resolver la impotencia masculina para brindar la felicidad perdida; los personajes de la foto se parecen demasiado a sus abuelos, y se sorprende de que ellos puedan estar preocupados por una cuestión de este orden. La ciudad palpita sexualidad, y Pedro está anonadado ante tanta imagen que lo desborda.

Atraviesa la puerta como una tromba y me dice: “El sábado, en el campo, vi a un toro haciendo el amor con una vaca. Es raro: están parados, no se miran las caras, no es como con las personas, me dio miedo, el toro era enorme sobre la vaca, estaba como furioso…” Pedro no necesita, como los niños del siglo XIX, ir al campo a conocer la sexualidad humana a través de los animales. Por el contrario, lo sorprende la sexualidad en estado natural. En las tiras de televisión que comparte con sus amiguitos las madres de los adolescentes se transan a los amigos de sus hijos, las niñas reciben propuestas amorosas de los profesores y se confiesan asustadas y atraídas, y las traiciones y desplantes amorosos son el mayor motivo de sufrimiento de los personajes.

En el pasado, a la búsqueda de una frase, de un imagen, de una representación de lo sexual, mujeres y niños de todos los tiempos merecieron que el espíritu libertario del siglo XX propusiera la educación sexual, vale decir la información acerca del carácter del sexo como práctica  ciudadanizante, incluyente, al tomar como consigna el derecho que todo ser humano tiene sobre su propiedad inalienable que es el cuerpo, reconociendo límites y posibilidades del mismo en el encuentro con el otro y en la regulación de las acciones que los involucran, de las cuales la sexualidad es posiblemente la que más en juego pone el intercambio que fija los límites del propio territorio.

Hoy el debate toma otros carriles: no se trata ya de suministrar información, sino de ayudar a metabolizar aquello que desborda, que se precipita en imágenes carentes de sentidos, traumáticas y que obligan a un enorme esfuerzo de captura por parte de la mente, inhabilitada para hacerse cargo de otras tareas, cuando lo acuciante no se encara del modo adecuado. Cuánto mejor rendirían nuestros niños en las escuelas, si hubiera espacios para que puedan explayar sus teorías, resolver sus cuestiones, abordar aquello que realmente les preocupa: no sólo cómo preservarse del SIDA –que no es una cuestión menor – sino por qué hay adultos que abusan de los niños, qué quiere decir que un bebé pueda nacer de la panza de la abuela, por qué hay señoras que no pueden tener bebés y otras que sí, y por qué las que pueden tenerlos no pueden criarlos y se ven obligadas, muchas veces, a dárselas a las que los crían…

Por eso constituye un giro regresivo el retorno a los viejos debates acerca de la educación sexual, ya que de lo que se trata hoy no es de ponerla en cuestión, sino de redefinir los modos de abordaje, los caminos de una simbolización que ayude a conformar una sociedad en la cual nos hagamos cargo de que los niños tienen derecho a conocer aquello que deben conocer, pero los adultos tienen también la obligación de reformularse las preguntas que permitan dar las respuestas que ellos requieren.

Si es verdad lo que proponen ciertos sectores religiosos respecto a que en el ser humano la sexualidad no es del orden “natural”, la oposición no pasa sin embargo por el par natural-divino. Se trata, en los seres humanos, de reconocer el carácter de cultura y las implicancias que tiene, y es precisamente su “antinaturales” la que obliga a hacerse cargo de los efectos sobre la cría prematurada de las acciones sexuales que la involucran antes de estar en condiciones de ejercer su propia genitalidad.

La Iglesia tiene miedo al discurso de la sexualidad, porque en su propia experiencia se ha visto afectada por las formas espurias que pudo alcanzar. No es casual que se encontrara obligada, a partir del Concilio de Trento, en el Siglo XVI, a hacer pasar al Tribunal del Santo Oficio la denuncia del “Pecado de solicitación”, consistente en la solicitación en confesión o, más propiamente, solicitatio ad turbia, que incluían las palabras, actos o gestos que, por parte del confesor, tenían como finalidad la provocación, incitación o seducción del penitente., insinuación sexual conducente a la realización de actos realizada por el confesor con la mujer que ante él exponía sus pecados. Las causas de la consumación de este pecado pueden ser discutibles, pero indudablemente confluían en él la perturbada vida sexual de los monjes condenados a la abstinencia, el abuso de poder que ejercían sobre las mujeres que de ellos dependían espiritualmente, y la ignorancia de sus víctimas, infantilizadas y colocadas en un lugar de privación de conocimientos y de voluntad que las dejaba inermes ante sus avances. Hay que imaginar la oscuridad del confesionario, la palpitación de lo prohibido, la entrega a la búsqueda de salvación, el encuentro de todo ello con el estado de deprivación de una sexualidad normal por parte del confesor, para poder representarse la circulación de lo que allí ocurría y el voltaje que alcanzaba.

Si la palabra es excitante, esto no depende de la palabra misma, sino de las condiciones en las cuales es vertida, y de los protagonistas que a ella se ven sometidos. Y cuanto mayor abuso de poder se ejerza sobre los interrogantes de la vida, de la muerte, de la sexualidad, mayor será el poder de la palabra de quienes hacen usufructo de ella, para ejercer su dominio sobre los interrogantes que los seres humanos no podemos dejar de construir de modo renovado.

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