El derecho de volver a creer en las palabras – Clarin – 2007

El discurso presidencial antes de la reaparición de Luis Gerez habilita recuperar la confianza, sin caer en ingenuidades o paranoias igualmente peligrosas.

 

Y aquí estuvimos. Un fin de año en este país nuestro que no termina de cicatrizar y ya abre nuevas heridas, en el cual nos hemos habituado no a ser optimistas pero sí a alegrarnos cuando lo peor no ocurre.

Los argentinos somos como un tentetieso: nos golpea la vida y cuando parece que caemos, nos ponemos nuevamente en movimiento volviendo a la posición anterior, antes de que se estabilice el cuerpo. Los padres salen a pedir justicia anticipándose velar a sus muertos, porque saben que no hay descanso posible ni para ellos ni para quienes seguirán amando el resto de sus vidas, sin reposo.

Pero como una lluvia fresca de este verano terrible algo ocurrió cuando se venía encima el horror nuevamente. Y encontramos a Gerez, y el país volvió a ser nuestro por un tiempito. En esa disputa que tenemos entre la ajenidad y el derecho a la identificación. Y lamentablemente no hubo quinientos mil argentinos en la Plaza de Mayo pidiendo que cesara la impunidad. Entre quienes están sometidos a la supervivencia cotidiana y aquellos que han llegado a la desesperanza y a la fatiga de la indignación, nuevamente el año nos traía un final trágico. Y en medio de ello llegó el discurso del Presidente. Y le creí, tengo la obligación moral de decirlo y de explicar mis razones que no son sólo de fe sino de cuidadoso andar por los límites de la creencia.

Porque el problema de la desconfianza no radica en lo que uno piensa del otro, sino en la duda que uno tiene acerca de su propia capacidad de análisis de la realidad. La creencia sólo se puede sostener sobre la base de la confianza en el propio juicio y en su sometimiento crítico: sin fanatismos ni desconfianza paranoica de ser engañado, no por el otro sino por uno mismo en su visión del otro.

En un texto maravilloso de esos que nos ha dado Oliver Sacks, el neuropsicólogo inglés autor del guión del film “Despertares” y que forma parte de su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, relata cómo se desarma de risa un grupo de pacientes afásicos internados en una sala hospitalaria. Los afásicos, de emisión o comprensión, no pueden entender el sentido de las palabras que han perdido, pero incrementan su sensibilidad hacia tonos y gestos bajo formas de observación que sólo los niños poseen. Si se les habla con naturalidad, captan la mayor parte del significado, y logran encontrar en gestos y actitudes, más allá de toda representación, la esencia del mensaje. Por eso reían los pacientes de la sala, confrontados a un televisor donde un viejo fantoche quería hacer creer un discurso en el cual ni él mismo creía.

Por su parte, desde otra patología, y con una mirada muchos menos lúdica y más crítica, pacientes que sufren de una “agnosia tonal” —absolutamente incapacitados de percibir esa tonalidad emocional—, sólo pueden guiarse por la coherencia de las construcciones gramaticales y su calidad lingüística. Coherencia y claridad permiten la comprensión en estos casos, en los cuales se ve afectado el lóbulo temporal derecho, a diferencia de las afasias, en las cuales se afecta el lóbulo temporal izquierdo.

Los argentinos, a lo largo de los años, hemos devenido semiólogos. No nos importa lo que se dice, sino para qué se dice: nos dirigimos a las condiciones de la enunciación —qué determina que alguien diga lo que dice, en qué circunstancias, a qué intereses responde— y no el enunciado mismo, el cual en muchos casos viene a corroborar lo ya sabido.

Pero también nos hemos vuelto grandes discutidores de tonos y coherencias. Sabemos que hemos sido engañados reiteradamente; no sin nuestra propia responsabilidad la desilusión es el precio de nuestra propia inflación, de nuestro deseo de creer a ultranza, no de nuestra ingenuidad sino, en muchos casos, de la desesperación por encontrar alguna certeza que nos salve de la desazón y el despeñadero moral al cual nos conduce. Su contrapartida es el retorno de un modo de juicio devenido afirmación que nos defienda de la humillación de haber sido engañados; y que radica no en someterse a la racionalidad crítica sino en ejercer la desconfianza como defensa frente a la derrota lesionante del autoengaño.

Y bien, yo le creí al Presidente: como afásica y deficiente prognósica, encontré en su discurso coherencia y claridad, y emociones pertinentes con lo que transmitía, porque el sentimiento e indignación eran genuinos. Como semióloga amateur tuve también la convicción de que las condiciones de enunciación garantizaban el discurso. Porque por otra parte, en el tema Derechos Humanos, no tengo dudas de que con nuestras vacilaciones y dificultades hemos sido, en este dañado continente, quienes juzgamos, reculamos, avanzamos y salimos a debatir la falacia que implica perdonar sin que el agresor lo solicite, sin que se arrepienta, sin que dé garantías de que no volverá a hacer lo que hizo.

Y la paciencia de la sociedad argentina y gran parte de su voluntad de construir un país que no se reproduzca en el horror me ha conmovido profundamente: después de veinte años de democracia bastardeada, acosada, plena de baches, no ha habido un sólo caso de ajusticiamiento por mano propia. Que la responsabilidad de la sociedad haya llegado hasta el límite de seguir avanzando hacia el punto de que la seguridad esté basada en la derrota de la impunidad.

Y cuando Gerez apareció, sentí que teníamos derecho —pese a que nos estallaba en cada burbuja de lo que fuera que ingeríamos las caras de los chicos de Cromañón, y del Ecos, y de Carmen de Patagones, y de Matías Castellucci por dar algunos ejemplos paradigmáticos del dolor que nos acucia y que aún no logramos unificar para lograr, de conjunto, un país más justo y saludable— a creer que podemos llegar a un destino mejor.

Y no brindé por la paciencia de las víctimas sino por su grandeza moral, porque representan la profundidad y el sentimiento de responsabilidad sostenida no sólo con los suyos más próximos sino con todos los suyos, que somos nosotros todos. Y porque una vez más le creí al Presidente, y no temo formar parte de la gilada que se autoengaña, porque las razones eran la garantía de que hay que seguir sosteniendo el “sueño de delfín”, dejarse llevar por la mejor corriente sin perder el lóbulo despierto que nos mantiene alertas. Y sin delegar, volver a asumirnos con derecho a una vida menos atravesada por el horror y menos sostenida en la inmediatez de la supervivencia.

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