Del polimorfismo perverso al sujeto de la ética(1)

Silvia Bleichmar

 

La niña, de tres años, subió con su mamá al taxi y de modo resuelto, iniciando la conversación,  le informó al chofer: “Vengo de comprarme una bikini negra, voy a ir a la pileta con Javier”. El hombre, amablemente dispuesto al diálogo, respondió: “¿Javier es tu novio?” “No, el mío” aclaró la mujer con una sonrisa entre resignada y cómplice. “Esta nena tiene un Edipo mal resuelto”, afirmó entonces el conductor con tono decidido, dando cuenta de que el conocimiento básico del psicoanálisis no es ya cuestión de entendidos, y que a un siglo de Tres Ensayos no es de buen gusto afirmar con tono solemne lo que los legos dicen de manera distendida.
El descubrimiento capital de la sexualidad infantil, que a comienzos del siglo XX pudo convulsionar a la sociedad austríaca, no es hoy algo que emocione demasiado a la mayoría de la humanidad. Más bien, la cuestión se ha desplazado sobre su propio eje: qué hacer, cómo regular, de qué manera recomponer las formas de una sexualidad que aparece desmadrada, ofrecido el goce como sustituto ante la ausencia de felicidad que se manifiesta cada vez de manera más aguda en la cotidianeidad de millones de seres humanos que se ven hoy carentes de proyecto y de esperanzas, y a los cuales los modos brutales de despojo de la subjetividad condenan cuando no es a la miseria económica, indefectiblemente a la miseria moral.
Conocemos la afirmación realizada por Freud en Tres ensayos: “Bajo la influencia de la seducción el niño puede convertirse en un perverso polimorfo, siendo descaminado a practicar todas las transgresiones posibles. Esto demuestra que en su disposición trae consigo la aptitud para ello; tales transgresiones tropiezan con escasas resistencias, porque, según sea la edad del niño, no se han erigido todavía, o están en formación, los diques anímicos contra los excesos sexuales.”  Definición en la cual queda claramente marcada la distinción entre aptitud como disposición y perversidad polimorfa como efecto de seducción, lo cual es a veces poco tenido en consideración. Diferencia que se tiene poco en cuenta también cuando se confunden conductas que ponen de manifiesto la existencia de corrientes perversas de la vida psíquica ya plasmadas como tales, distinguibles claramente de las llamadas “disposiciones” que no implican modalidades fijadas de goce ni de centripetación de toda la vida psíquica alrededor de esta fijeza.
Diferencia insoslayable, por otra parte, cuando se analiza cómo queda emplazado el sujeto, una vez constituido, en relación con los modos de goce que la pulsión parcial, perversa o acéfala –según diversas categorizaciones– impone, ya que la renuncia al autoerotismo no es un acto automático resultado del adiestramiento, sino el efecto de un rehusamiento que el niño realiza respecto de un modo plasmado ya de obtención del placer, rehusamiento a sí mismo que no puede instaurarse sino como efecto del amor al semejante.
Los breves elementos descriptos ponen de relieve que dos cuestiones centrales de la constitución subjetiva deben ser recuperadas hoy  y sometidas nuevamente a debate en el marco de la reubicación de los aportes que el psicoanálisis puede realizar a un siglo de Tres Ensayos, sosteniéndose en sus enunciados. Por una parte, el sentido estricto, profundo, de la concepción de la sexualidad infantil entendida en términos generales  como la aparición precoz en el ser humano de formas representacionales que no lo reducen a su existencia biológica sino, por el contrario, somete a la biología misma al campo representacional en el cual se articula lo sexual como modo de acceso al placer no regido por necesidades de supervivencia ni individuales ni de la especie.
No se trata, como la vulgata psicoanalítica ha difundido, de concebir la sexualidad infantil simplemente como traslación hacia atrás de la sexualidad adulta –y ello más allá de los modos identificatorios o narcisísticos, infiltrados de fantasmas, con los cuales una niñita de tres años quiere lucir una bikini negra para capturar la mirada fascinada con la cual su madre es mirada.
Por el contrario, el descubrimiento de que el ser humano, desde sus orígenes mismos, se ve expropiado de la naturaleza y lanzado a un mundo simbólico y de goce, y que este mundo es el que da verdadero sentido a sí mismo y al universo en el cual su acción se despliega constituye el punto fundamental a recuperara en un debate. Este debate tiene fines no sólo teóricos sino prácticos: implica el enfrentamiento, en beneficio de los niños, de los modos con los cuales una pediatría cada vez más organicista y funcional tiende al desconocimiento no ya de la incidencia de lo psíquico en lo biológico, sino del carácter no reductible a la biología de un cuerpo que ha sido capturado por la representación –que encuentra su extensión en una psiquiatrización de los conflictos y sufrimientos de los seres humanos para reducirlos a un puñado de “humores” que se pretenden ahora científicamente reformulados bajo el circuito neurocientífico que los alienta.
El adulto no juega un papel menor en la desfuncionalización de la cría: “Tal vez no se quiera identificar con el amor sexual los sentimientos de ternura y el aprecio que el niño alienta hacia las personas que lo cuidan; pero yo opino que una indagación psicológica más precisa establecerá esa identidad por encima de cualquier duda. El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona –por regla general la madre– dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho. La madre se horrorizaría, probablemente, si se le esclareciese que en todas sus muestras de ternura despierta la pulsión sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad…”(2)
De la genitalidad del adulto a la zona erógena del niño hay no sólo una contigüidad sino un salto: el mismo que se pretende al hablar de sexualidad “en dos tiempos”, cuando claramente se trata de dos tiempos presentes sincrónicamente en el ordenamiento estructural que fija la asimetría adulto-niño. Freud no llegó, indudablemente, a marcar todo el alcance que este párrafo abría para definir de un modo mucho más terminante los orígenes exógenos de la sexualidad infantil, y el carácter des-naturalizante de la función materna en tanto implantación libidinal.
Lo cual sin embargo no dejó de impregnar todo el texto de Tres Ensayos como una propuesta en la cual, coherente con lo anterior,  llevando hasta las últimas consecuencias la desfuncionalización que logra la articulación con el conocimiento, este es concebido no como simple función adaptativa de apropiación de información sino como verdadera constitución de enigmas y resolución de interrogantes que implican el ejercicio de la imaginación creadora y no sólo de los “mecanismos” que permiten su instrumentalización. 
El segundo aspecto que quisiéramos relevar en esas líneas, se relaciona directamente con la cuestión moral a la cual el polimorfismo perverso confronta. Si el ser humano no es ya un ser de naturaleza; si su naturaleza misma -tomando acá el sentido de naturaleza como aquello que está en su núcleo mismo- lleva el sello de lo “no natural”, vale decir de lo producido por la cultura; si precozmente es expulsado del paraíso y arrojado a un mundo de goce, angustias e interrogantes que lo someten a una “pulsión de saber” que no le da respiro, y esto por la intervención de aquellos mismos que tienen a su cargo el cuidado de la vida misma… cómo poner freno, reencontrar el sujeto ético que la sexualidad parecería haber desconstruído.
El niño “perverso polimorfo” temido por la sociedad victoriana ha devenido el hombre amoral soportado por el capitalismo tardío. En la minuta de las sesiones de la sociedad de los miércoles, del 2 de noviembre de 1910, Steckel afirmaba, refiriéndose a los fantasmas infantiles, que si se comprendía “la significación de estos fantasmas, que son fantasmas de poder, habría que completar la fórmula freudiana ‘perversión polimorfa’ del niño en otra dirección.  En efecto, el niño es, además, un criminal universal [!!!]. Y no hay crimen, por cruel que sea, comprendido el robo, el incendio voluntario, el asesinato, la violación y sepultura, el atentado en masa [extraordinaria afirmación](3) al cual no se dé la imaginación del niño. Estos fantasmas persisten a menudo hasta en la madurez y forman entonces la base del sentimiento de culpabilidad criminal de la neurosis… Los niños, como bien sabemos, están preocupados por la cuestión de saber cómo podrían eliminar a las personas que los molestan, no son solamente perversos sino también  criminales.”
Superposición entre polimorfismo perverso y perversión, entre prevalencia pulsional y amoralidad extrema, el niño queda, en esta concepción que reúne a la pedagogía negra de la época con el descubrimiento psicoanalítico para dar una “fundamentación científica” a la crueldad educativa imperante, reducido a una suerte de salvajismo constitucional que encuentra diversos destinos teóricos y prácticos a lo largo de un siglo: Desde la fundamentación de la “puesta de límites” como psicologización rasa de la subordinación a la Ley, a la tolerante espera de que el psiquismo regule por sí mismo sus propios impulsos y el pequeño salvaje se normalice en el marco de un proceso de subjetivación en el cual la ilusión de un ser sin represión permita la instalación de defensas “no patológicas” y abra el camino a la sublimación creativa, el psicoanálisis ha constituido múltiples propuestas que toman más la forma de una contribución a una antropología en el sentido fuerte del término, que simplemente a una intervención en las propuestas pediátricas o educativas para la infancia.
Conocemos la propuesta que ha hecho girar a todo el psicoanálisis alrededor de la culpa originaria, no ya como pecado sexual sino como efecto del mito de la horda primitiva. Es con la introducción del parricidio que se define en última instancia la antecedencia del sujeto ético en función de una teoría filogenética que pretende la constitución de una identificación al Padre canibalisticamente incorporado en el banquete real y simbólicamente adquirido en la transmisión transgeneracional.
El eje de la culpabilidad pone el centro en el daño realizado sobre un tercero. No es el incesto lo que está allí penalizado, sino el asesinato. El sujeto ético no puede surgir de un modo de la práctica sexual de su tiempo sino de un imperativo categórico: “No matarás”, “No desearás la mujer del prójimo” –lo cual conduciría a un daño irreparable hacia éste.
Sin embargo, y pese a las múltiples revisiones realizadas por Freud al texto de Tres Ensayos –uno de los más revisitados a lo largo de su vida– podríamos preguntarnos por qué nunca destituyó al asco, la vergüenza y la compasión, como los principales diques contra las pulsiones, como el antecedente sobre el cual se instala el sujeto ético en la cultura.
Asco, pudor, compasión, vergüenza. acerca de los cuales hay pocas referencias en la obra, y que aparecerán como defensas precoces contra las pulsiones antes de que la represión ocupe el lugar privilegiado que le corresponde en el sepultamiento –no sólo en la contención– de las representaciones deseantes intolerables hacia el inconciente.
Conocemos el carácter patológico que reviste la ausencia de estos sentimientos, tornándose necesario su análisis y diferenciación para ubicar el surgimiento del sujeto moral en la primera infancia.
Si el asco es del orden del rechazo con concomitentes somáticos –pensemos en la náusea que produce aquello capaz de convocarlo­– es indudable que no está presente desde los comienzos de la vida y que requiere un movimiento –aunque más no fuera mínimo-  de diferenciación adentro-afuera para que se establezca, y de cualificación de lo rechazable. El modelo mismo se sostiene sobre el asco que producen las heces una vez que la renuncia a las mismas se ha operado. De modo tal que el asco sería algo del orden de lo placentero que se ha tornado rechazante –una suerte de precursos somático de lo ominoso, de lo Umheilich. En este sentido, el asco sería la marca misma del rechazo al objeto autoerótico una vez que se ha renunciado a él: el pecho, la leche materna, las heces, todo aquello que ha salido del cuerpo y se ha transformado en este pasaje.
Por su parte el pudor no puede sustraerse de la mirada del otro, y toma un carácter más intersubjetivante. Si Freud pone el eje en la pulsión escópica, en el ver-ser visto, es porque esta constituye el paradigma mismo del modo con el cual se realiza el reconocimiento narcisístico en el intercambio con el otro humano. Se tiene pudor de mostrarse desnudo, pero también, y como extensión de esto, de mostrar algo que consideramos censurable. A tal punto, que mostrar algo de nosotros mismos que nos otorga valor narcisístico puede devenir impúdico si se convierte en exhibición, de modo tal que es el juicio moral acerca del exhibir como complacencia narcisística lo que obstaculiza el exceso de demostración.
Si el asco y el pudor son el motor fundamental de la renuncia autoerótica, no se puede entonces desconocer la función que cumple el amor del otro en esta capacidad de autodespojo. Se renuncia a las heces por amor al objeto, lo cual constituye un paradigma de toda renuncia a aquello que podría producir asco o rechazo en el otro. Por eso la no renuncia autoerótica puede ser considerada el triunfo del goce sobre el amor al objeto, en tanto la fuerza moral sólo puede extraerse no sólo del deseo de complacer al semejante, sino de no dañarlo.
En la misma dirección, la compasión. Definida por Freud como renuncia al sadismo pulsional, la compasión sin embargo toma un carácter más amplio. Si el transitivismo fue concebido, y con razón, como el modo con el cual el movimiento posicional que nos equivalencia al otro genera la paranoia y la agresividad –Lacan con su texto sobre “La agresividad en psicoanálisis”(4), lo señala en términos de la cristalización que determina el despertar del deseo  -del sujeto- por el objeto del deseo del otro(5). Sin embargo, así como el transitivismo da origen a toda tensión narcisista, es también el orden mismo en el cual se inscribe una identificación que posibilita el reconocimiento del sufrimiento del otro y no sólo como dique al sadismo sino como sufrimiento por su propio sufrimiento. De tal modo una niña de dos años y medio, en cuya casa una amiguita había dejado olvidada su muñeca favorita, no pudo dormir por la angustia que le producía pensar en el sufrimiento que le acarreaba a esta otra verse privada de un objeto tan valorizado y de reaseguro. Se podría perfectamente interpretar este movimiento como “proyección de su propia carencia”, o “culpa por el placer obtenido al quedarse con el objeto de otro”, pero se perdería lo fundamental: que para que esta proyección se establezca, es necesario reconocerse antológicamente como parte de la especie y no cercar el límite del dolor al universo cerrado de uno mismo, y para que haya culpa, suponiendo que este deseo de apropiación estuviera presente, lo fundamental es que no se manifestaba como goce sino como identificación sufriente, y en esto está la base de todo sentimiento moral.
Estamos acá ante un surgimiento del sujeto ético anterior al sepultamiento del Edipo, definido en el interior de la dualidad que lleva al reconocimiento de la alteridad aún cuando no se sostenga aún en la triangulación en la cual se constituyen las instancias ideales. No es del lado del Ideal del Yo o de la Conciencia Moral donde se genera esta primera eticidad, sino del lado del yo, en el cual el otro queda inscripto como parte y como diferencia, vale decir, como semejante identitario pero también como alteridad.
Que la crueldad –o la ausencia de compasión, que es en última instancia la crueldad muda que el sujeto recibe cuando no se le reconoce su sufrimiento– sea señalado por Freud en sus raigambre pulsional no es una cuestión a soslayar. Siempre y cuando tengamos en cuenta que es del orden de proveniencia del otro adulto como se instala el sado-masoquismo erógeno, y también del orden de su capacidad de amor donde se generan las condiciones de mitigarlo.
Las razones del llanto en un niño no son un elemento menor cuando se trata de diferenciar algunos elementos estructurales de su patología. Que sólo se llore porque a uno le sacan algo o no se lo den, o porque le pongan un límite o ejerzan algún tipo de rehusamiento, es de un orden claramente narcisista, muy diferente al sufrimiento que produce ver a Dumbo penando por su madre encerrada por loca, o a Simba cuyo padre ha sido asesinado. No se trata de oponer sujeto-objeto en una diferenciación simple sino de encontrar, en el interior de la tópica, los modos con los cuales el semejante se inscribe, en el reconocimiento de su existencia independiente pero al mismo tiempo significable en tanto reconocida como plausible de ser propia.
¿Es la vergüenza, por otra parte, un sentimiento equivalente al pudor? Es necesario, en mi opinión, separarlos no sólo por razones teóricos sino también prácticas. Que entre la vergüenza y el pudor hay nexos muy importantes, e incluso que el pudor convoca a la vergüenza o ésta da cuenta del pudor no debe opacar el hecho de que el pudor siempre implica la presencia del otro en el horizonte de la mirada, mientras la vergüenza puede ser un acto puramente intrapsíquico de confrontación con el propio superyó. Cuando Laplanche pregunta, para discutir la idea de la intersubjetividad del síntoma, “pero, ¿acaso las jovencitas no se ruborizan en la oscuridad?”, nos permitiría extraer una conclusión para nuestro propio trabajo: si el cuerpo debe ser púdicamente vedado a la mirada del otro, es porque en nuestra cultura su exhibición es convocatoria sexual, y en tanto tal, impone la vergüenza por el fantasma del que da cuenta. Y es indudablemente a esto a lo que se refiere Freud cuando dice que el niño pequeño no tiene vergüenza de exhibir su cuerpo(6), ya que las pulsiones de exhibir o la crueldad, aparecen con cierta independencia respecto a las zonas erógenas, y sólo más tarde entran en estrecha relación con la vida genital…
Perversión del autoerotismo, es desde esta perspectiva que debe ser enunciada nuevamente la cuestión. No para poner en primer plano la dimensión moral, históricamente transitiva, que legisla sobre la vida sexual de los seres humanos, sino para señalar que la acefalía de la pulsión no puede tomar en consideración al otro humano sobre cuyo cuerpo ejerce el goce, así como des-subjetiviza a quien ejerce acciones sobre objetos no humanos que quedan investidos con los atributos que posibilita la fijeza de una descarga ausente de enlace  e imposibilitada de resolución.
Si el autoerotismo es en última instancia fractura del enlace entre el objeto de goce y el objeto de amor, más allá que persista como para- genitalidad aún en el encuentro sexual con el otro humano, la cuestión es si se subordina o no a los requisitos del objeto y acepta los diques que imponen el asco y el pudor del otro ante su ejercicio. De allí que la construcción del sujeto ético pueda ser rastreado desde mucho más precozmente de lo que nos hemos habituado a concebir a partir de la inscripción de la culpabilidad edípica como única fuente de la moral(7), y ello bajo dos premisas:
En primer lugar, que nada de lo que estamos proponiendo tiene que ver con el sostenimiento de una suerte de pre-edípico en el cual lo pulsional se instale al margen de las condiciones libidinizantes que se instituyen en el marco de la cultura, vale decir de las condiciones en las cuales el encuentro con el otro humano, asimétricamente establecido y cautivante desde el punto de vista de la parasitación sexual y simbólica pueda ser concebido.
Pero, en segundo lugar, porque se torna necesario diferenciar estructura edípica de conflicto edípico, y marcar cómo en el otro humano, constitutivo del yo narcisista, se encuentran ya los órdenes que definen al sujeto no sólo como pulsado sino como convocado a la regulación de la sexualidad autoerótica. Es en esa doble inserción que se marca desde los orígenes donde el autoerotismo encuentra una regulación y al mismo tiempo el espacio de instalación, en el interior del polimorfismo perverso, de un sujeto ético que se va articulando desde los comienzos mismos de la vida.

 

(1) Publicado en En Revista Actualidad Psicológica. Año XXX, Nº 335, Buenos Aires, octubre de 2005.
(2) Freud, S.: “Tres ensayos de teoría sexual”, O.C., Vol. VII, p, 203
(3) Entre corchetes, los comentarios son míos.
(4) Ecrits, Seuil, p, 101,
(5) Ibid. p 113
(6) “Tres ensayos”, op. cit. p. 174
(7)  El lector advertido habrá notado que no ejerzo demasiada diferencia, en este texto, entre ética y moral. Ello en razón de que trato de atenerme a la propuesta freudiana, oscilante entre la constitución de una ética universal y los modos históricos de constitución de la moral sexual.